¿Consumir o adquirir?

Dice Fernando Broncano que actualemente en los terrenos intelectuales, hay una moralina protecnológica y una antitecnológica, y las dos son gratuitas.

No cuesta nada ponerse el traje y chaleco ético y llenarse la boca con términos como “enajenación”, “virtualidad”, “información”, “organización”, “vacío”, etc. O discurrir con sutileza en los círculos de personas a las que le interesa el asunto sobre las posibilidades que nos ofrece twitter, los blogs, las células madre embrionarias, los tecno-esqueletos, las fuentes de energía alternativas y los nuevos gadgets computacionales.

Sí, es fácil decir que gracias a las redes sociales Egipto derrocó una dictadura de 30 años. Aunque como notarán, también es arriesgado por muchas otras razones. Pero más fácil todavía es emitir un juicio fundamentado en la afirmación anterior. “La tecnología nos libera”. Sí, es fácil.

También es sencillo hablar de la enajenación que existe en los jóvenes por las redes sociales. De las perversiones de comportamiento y de los extremos a los que puede llegar una persona por estar al pendiente de un juego. Es sencillo decir, por lo anterior: “La tecnología nos deshumaniza”.

Si en la tecnología existe esta contradicción en la que a la vez, nos libera, pero también nos deshumaniza, ¿qué sucede?. Podríamos pensar que hay partes de la tecnología que nos deshumanizan y que hay partes que nos liberan. O que la tecnología es deshumanizante y liberadora a la vez. Sí podemos pensar en que esto es coherente, que “así pasa” y que no hay ningún problema, entonces estamos cómodos con el vaivén y la dinámica de la tecnología. En en todo caso, si no prestamos atención, no nos molestará ser llevados por esta corriente que cambia de dirección constantemente.

Estamos a la deriva de la dinámica tecnológica.

Cuando uno se encuentra resignado y entregado a la dinámica tecnológica; consume no adquiere, desecha no actualiza, opina no investiga, se deja llevar y no actúa.

 

Ejemplifico:

Un smartphone.-
Estos gadgets se han convertido (al menos aqúi en México) en objetos con connotaciones sumamente curiosas, pues además de funcionar como aparatos de comunicación (aquello para lo que fueron diseñados), también funcionan como objetos que muestran un determinado estatus social. O al menos un rango y posición.
Anteriormente, eran los autos y las casas (de alguna manera lo siguen siendo), aquellos artilugios encargados de mostrar la opulencia o carencia económica de un individuo. Es decir, qué tanto dinero (y por lo tanto, posibilidades) tiene. La ropa cara y el estilo de vida de una persona pudiente eran difíciles de alcanzar para todas las clases económicas en este país. No todos podían construir su propia casa (al gusto) y no cualquiera podía comprarse un auto de agencia.
A menos que me equivoque, los objetos mediante los cuales una persona obtenía cierto prestigio habían sido “caros”. En el sentido económico, y en el sentido en el que no eran accesibles a todos. Ocurre algo distinto con los celulares.

Con los celulares, llega la posibilidad de estar comunicados en movimiento. Tener una linea de comunicación, que resultaba más barata y menos comprometedora que un contrato con Telmex por 1600$ y una renta fija de 186$ mensuales. El teléfono de pre-pago proporciona la posibilidad a la gente de tener un medio de comunicación personal de bajo costo, y sin el compromiso de una linea telefónica fija. Su adquisición se hizo inmediata y popular.
En el inicio (para los que recuerden) los precios de los equipos eran elevados, sin contar la renta. Gracias a la accesibilidad de los sistemas de prepago, la telefonía celular se extendió en las masas como un gadget que era común poseer.
La “costumbre” o el “uso” provocó que se convirtiera en exigencia poseer un celular.
Exigencia, sí, pero ¿de qué tipo?.
Uno de los argumentos más fuertes y comunes para justificar el uso de celulares es la posibilidad de estar comunicado en cualquier lugar y en todo momento. Podemos aceptar eso, pero, para estar comunicados en cualquier lugar y en todo momento ¿es necesario tener un gadjet lujoso?.

La respuesta es no.

La practicidad de los celulares ya no es motivo de adquisición. Son su elegancia y el lujo los requisitos que un celular debe de tener para que sea adquirido por el grueso de la población. Ya no es suficiente que el celular nos comunique en cualquier lugar y en todo momento. Es necesario (de algún modo) que sea lujoso. El consumidor quiere que el objeto que posee y que lo identifica con el resto de la población (pues es común tener un celular), también le proporcione un rango de identificación.
Entre todos los celulares los que más destacan son los smartphones. Los celulares de 3er nivel. El primero de ellos es el básico, celulares con funciones sencillas (llamadas, y mensajes). El siguiente, abarca celulares con mayor capacidad, reproductores mp3, cámara digital, y aplicaciones de entretenimiento. Los gadgets de mayor nivel son los smartphones.
De estos últimos los más populares (a consideración nuestra) son el iphone y el blackberry. Máquinas excepcionales y que cualquiera de nosotros puede conocer todas sus aplicaciones y posibilidades investigando un poco en internet.

Sucede que los smartphones son teléfonos inteligentes que ayudan a simplificar una extensión de tareas para facilitar el desempeño de una persona. Esa es su tarea, su función, de alguna manera, la naturaleza por la que fueron producidos. Cuando usamos un smartphone notamos inmediatamente la cantidad de aplicaciones y posibilidades que ofrece, si investigamos un poco sabemos qué tipo de redes le son accesibles, y cual es su velocidad de transmisión de datos. Es decir, el valor total que le concedemos al teléfono por su utilidad.
Cualquiera notará que todas la aplicaciones que un smartphone puede tener son en cierto grado inútiles para el grueso de la población. Y sin embargo, es común que personas que no le dan una utilidad, ya no digamos completa, pero adecuada, posean uno.
¿Por qué? porque, de alguna manera la persona que consume olvida que está adquiriendo un gadget, es decir un dispositivo que tiene un propósito y una función específica y se enfoca más en el prestigio que la adquisición de este dispositivo puede darle frente al círculo social en el que está inmerso.

Cualquier persona puede comprar el celular que quiera (siempre y cuando pueda costearlo) y tenerlo por las razones que mejor le plazcan. Todos y cada uno de nosotros somos libres de tener un smartphone y usarlo únicamente para revisar el correo en la conexión del colegio.

Pero cabe hacernos las siguiente preguntas:

¿Estamos consumiendo un producto o adquiriendo un dispositivo?

¿Vamos a desechar nuestro celular del año pasado, o a actualizarlo?

¿Vamos a opinar que es lindo el iphone o a investigar su utilidad?

¿Vamos a dejarnos llevar?

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Acerca de nekomike

Un tipo que llega tarde a clases.
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