Los límites del lenguaje.

El lenguaje como la sangre que vitaliza nuestra reflexión tiene sus propias imposibilidades y aporías.

Dice Pierre Hadot en su libro “Wittgenstein y los límites del lenguaje” que una de esas imposibilidades es la de reconocer un comienzo concreto en la reflexión filosófica. Y también en su finalización añadiría yo.

 

El lenguaje en su vasta extensión fenoménica, parece recubrir la realidad que asimilamos y percibimos. Entre otras cosas, es mediante y gracias al lenguaje que somos capaces de captar las realidades que nos son dadas “en” él. La reflexión que hacemos sobre estas realidades también es “en” el lenguaje, no a partir de él, ni desde él, sino “en” el lenguaje mismo. Es decir, una reflexión comienza sin un punto de inicio unívoco o simple.

 

Al momento de reflexionar filosóficamente, podemos iniciar intentando dar una u otra definición de aquello que se supone queremos investigar. Sin embargo, poco es el tiempo que transcurre cuando nos vemos imposibilitados en la tarea, pues la definición que deseamos hacer es precisamente el motivo de nuestra investigación. Tenemos que partir (supongamos esto por un momento) desde cero, desde una página en blanco (cosa que también es absurda pues la pregunta que subyace a la investigación venidera está latente en nuestra reflexión). Nos encontramos pues con esta primera dificultad; el punto de partida,en lugar de ser concreto y fijo, es más bien complejo, vago y endeble. Ya se darán cuenta que estas palabras que acabo de pronunciar son, de la misma manera, complejas, vagas y endebles y que no recurro a ninguna especificación de las mismas (al menos no por el momento). Si intentase definir el punto de partida, estaría incurriendo en un error metodológico, supongo. Estaría haciando lo siguiente: plantarme en terreno fijo sin aporías, en un lugar lo suficientemen seguro que no permita lugar alguno al error o a la duda. Sin embargo, esto es estúpido, pues de lo que se trata, es de dar lugar al error y a la duda, de propiciar una dialéctica entre lo seguro, lo fijo y lo concreto, con lo complejo, vago y lo endeble. Por lo tanto, no puedo comenzar dando definiciones, ni diciendo desde dónde es que voy a abordar el problema.

Decir cosa semejante a “el lenguaje es una estructura con tal y tal característica, propia del ser humano y de su naturaleza social…” nos es sólo una definición inválida sino también ridícula, al inicio de una investigación. Ya que nos lleva a dar por supuesto aquello que queremos investigar. Tal vez, y digo tal vez pues ni siempre es posible, al final será (el filósofo) capaz de enunciar palabras como las anteriores, pero solo al final de la investigación, una vez transcurrida toda la disertación, el meollo, la confrontación de ideas y el desarrollo de su pensamiento. Una vez recorrido este camino, la conclusión será una reiteración de lo que se dijo, un broche de oro, el telón al final de la obra, la última nota de una pieza musical.

Así como la música, la filosofía tiene una dinámica que la hace más valiosa en el transcurso y en el desarrollo que en sus conclusiones. Una composición se disfruta en el mediante. Sin la posibilidad de captar el instante musical, (algo así como el hecho atómico) nos vemos irremediablemente atados a escuchar el transcurrir de la pieza. No podemos, descomponer la pieza en sus notas y seguir percibiendo el sentido total de la melodía. Cada nota, cada cambio ritmo y tiempo, cada acorde, tiene su lugar único e irrepetible en la melodía. Pero aislados como notas, como hechos atómicos, como partes indivisibles no significa nada. No tiene ningún valor.

De la misma manera, cada parte del desarrollo de una reflexión es ilegible. El sentido total de la reflexión se obtiene gracias al desarrollo de la misma, más que a su inicio o sus conclusiones.

 

¿Qué nos queda de la reflexión?

 

El desarrollo mismo.

 

Pascal hizo la siguiente observación: “De este modo, avanzando en la investigación cada vez más, se llega necesariamente a las palabras primitivas que no tienen definición y a principios tan claros que no se encuentran otros que lo sean más para servir de prueba. De ahí que parezca que los hombres se encuentren en un estado de impotencia natural en inmutable para abordar cualquier ciencia como un orden perfecto”.

Eventualmente, las conclusiones de una reflexión filosófica serán mas o menos simples, llegando tal vez a ser únicamente sentencias, principios simples, inverificables, palabras primitivas;

 

- Mediodía; instante de la más breve sombra; fin del más largo error; punto culminante de la humanidad; incipit Zaratustra.

 

- La meta, el saber absoluto o el espíritu que se sabe a sí mismo como espíritu tiene como su camino el recuerdo de los espíritus como son en ellos mismos y como llevan a cabo la organización de su reino.

 

- De lo que no se puede hablar, mejor es callarse.

 

- [...] y observando que esta verdad: «yo pienso, luego soy», era tan firme y segura que las más extravagantes suposiciones de los escépticos no son capaces de conmoverla, juzgué que podía recibirla sin escrúpulo, como el primer principio de la filosofía que andaba buscando.

 

- Ser‐verdadero (verdad) quiere decir ser‐descubridor.

 

- La razón humana tiene, en una especie de sus conocimientos, el destino particular de verse acosada por cuestiones que no puede apartar, pues le son propuestas por la naturaleza de la razón misma, pero a las que tampoco puede contestar, porque superan las facultades de la razón humana.

 

Sentencias de semejante calibre, no pueden ser entendidas tomándolas como partes. Solo tienen sentido una vez que remiten a la obra, a la composición de la que son parte, al desarrollo de la disertación de la que son piezas claves, conclusiones o introducciones.

La imposibilidad del lenguaje es esta, terminar irremediablemente con sentencias que topan en los límites del lenguaje, en las orillas, en lo indecible y en aquello que no tiene sentido a menos que se tenga el adiestramiento adecuado para escuchar las voces que claman en dichos párrafos. El filósofo, obligado por la naturaleza de la tarea que tanto ama, no es tan impotente. Sino que tiene la posibilidad de mostrar lo indecible. Tal vez no decirlo, pues una proposición del tipo: “ser-verdadero quiere decir ser-descubridor” no tiene el menor sentido lógico examinada de esta manera, pero sí mostrarlo. Un texto filosófico por eso resulta ilegible, un sinsentido, pues sus proposiciones, entendidas como proposiciones atómicas, carecen de composición lógica válida.

 

Es el valor de lo que “muestra” el filósofo pero no dice, lo que saca a relucir el desarrollo de sus planteamientos. Su juego de lenguaje que nos plantea.

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Un tipo que llega tarde a clases.
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